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Desde Pitagoras al convento, pasando por el laboratorio y el espacio

Hoy me he indignado. ¿La causa de este sentimiento? La manía de los profesores de poner en los exámenes cosas que no se han hecho en clase.

Supongo que a todos vosotros os ha pasado así que me podréis comprender perfectamente. Y es que es verdad, en clase se le da muchísima importancia a unos ejercicios que, misteriosamente, nunca caen en el examen. ¿Será casualidad? Yo creo que no. Pero la culpa, queridos lectores que os aburrís en casa y me leéis, es nuestra. Si, nuestra. Porque, si sabemos que los ejercicios que estamos venga a hacer no van a caer, ¿por que estudiamos esos y dejamos de lado los otros? Nunca llegaré a entender muy bien esta actitud que todos, repito, TODOS tenemos al estudiar un examen. (Absténganse de comentar aquellos empollones que siempre estudian todo y hacen todos los ejercicios)

Y ahora diréis, ¿por qué escribes semejante gilipollez y te indignas por eso? Bueno pues lo escribo porque me da la gana y porque los últimos dos exámenes que he hecho hay ejercicios que me gustaría saber a mi cuándo los hemos dado y dónde estaba yo en ese momento. Vale, el último lo entiendo ya que en las clases del “convento” estoy en la inopia y venga a hablar.

Y nada, aquí os dejo esta bazofia, para cerciorarme de que yo, si estoy de buen humor, no sé quejarme. Espero que sobreviváis la entrada entera para poder leer esto sin haber ido a vomitar y que la próxima vez pueda escribir algo más productivo.

Un saludo de un tipo que se levanta a diario con el pie izquierdo.

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¿Conductor de Villavesa o psicópata sobre ruedas?

Hoy me he indignado. ¿La causa de este sentimiento? La inmesidad grasienta que conducía la villavesa en la que he venido a casa.

Antes de nada, si hay alguien de fuera de Pamplona que lee esto, las villavesas son los autobuses urbanos de aquí (que internacional me siento)

Ahora si puedo explicaros qué ha hecho ese desecho genético para merecer que gaste tiempo con él. Hoy, la villavesa por dentro parecía más un campo de batalla tras una guerra entre Irak y EEUU, con sus bombas atómicas y todo. Ha caído una silleta de bebé al suelo (desconozco donde estaba el niño en cuestión, pero dentro no había nada). Una desafortunada bolsa con las compras de una risueña señora con la melena grisácea ha rodado escaleras abajo para esparcir su contenido por toda la superficie del autobús. Entre tanto la gente luchaba contra la gravedad agarrándose a las barras de sujeción o haciendo equilibrios imposibles en sus asientos (jodidos con suerte que no tenían que aguantar el peso de 2º de Bachiller en su mochila llena de libros).

Esto que parece una hazaña de una aventura de rompetechos ha sucedido en el mismo instante en el que el búfalo repeinado que teníamos por conductor tomaba una de las múltiples rotondas del recorrido, de una manera tan espantosa, que ni un mono con los ojos vendados conduciendo un Hummer no sería capaz de llevar a cabo y sobrevivir. Nosotros por suerte hemos salido ilesos, pero esto sucede cada día en las ahora reformadas y cada día más caras “Pilavesas” (si, por lo menos son ecológicas, algo bueno tenían que tener)

Esto es lo que me ha llevado a hacerme la pregunta de si los conductores de los medios públicos son psicópatas sobre ruedas que sueñan con ser Hamilton en uno de sus muchos golpes de los que, por desgracia, ha salido tan ileso como nosotros.

Un saludo de un tipo que se levanta a diario con el pie izquierdo.

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Estilismo nulo

Hoy me he indignado. ¿La causa de este sentimiento? El nulo estilismo de una docente.
He de reconocer que soy bastante maniático con la ropa y la forma de vestir de la gente, tengo bastante manía a las marcas y me duelen los ojos al ver ciertas cosas. Y no digo que vista bien, visto como a mí me gusta, pero me gusta criticar la ropa de la gente si no me gusta. Pero lo de hoy ha sido el colmo y me he decido a escribirlo por culpa de mi compañera de mesa.
Para que podáis entender mi indignación, os describiré el cuidado estilismo de la persona en cuestión. Se componía de tres elementos que yo en mi vida había pensado que alguien osaría combinar. Un jersey de punto de cuello alto de los que llegan hasta debajo de la cadera, un fular de algodón y un polar.
Hay que decir que, ya por separado eran bastante desagradables a la vista las tres cosas.
El jersey era el único que se podía salvar, con una cenefa en blancos y rojos tanto a la altura de los hombros como bordeando la cadera. Era de estilo campechano, como los que cosen las abuelas en invierno y solo le faltaba una inicial bien grande en la pechera para ser uno de los jerséis que la madre Weasley tejía a sus hijos en Harry Potter. El fular recordaba a un tapete típico que se usaba antiguamente para cubrir las mesas camilla, con su puntilla rodeándolo incluida, aunque en vez de ser blanco, parecía que una gran copa de Rioja del 83 se había derramado de manera uniforme sobre él. Para terminar de alcanzar la perfección y lapidar mi paciencia, entre ambas prendas se encontraba un polar característico de Decathlon cuyo precio nunca asciende de 5,99€ y que debería llevar una pegatina en la etiqueta donde pusiera “NO LLEVAR FUERA DE CASA”.
Este era el aspecto con el que pretendía impartir su asignatura y esto era lo que reflejaba mi cara. ¿Habrá que comprarse gafas con cristales tintados para clases futuras? El tiempo nos lo dirá.
Un saludo de un tipo que se levanta a diario con el pie izquierdo.